Lila Luna corre por los montes y los prados que se extienden desde el patio de su casa, hasta el punto más lejano del horizonte. Espigas, doradas por el sol, tocan sus hombros. Espigas olorosas a lavanda, romero y eucalipto.

Lila Luna corre a la sombra del árbol de naranja, manchado de color, sus ramas cargaditas de frutos y de aroma cítrico. Este es su refugio pequeño y momentáneo, de camino al riachuelo. Recoge una naranja del suelo y siente su textura rugosa, su forma esférica y chata. Tiene la tentación de darle un mordisco apresurado y sentir el refrescante jugo rodando por sus mejillas, y el cosquilleo de pulpitas repletas del néctar anaranjado.

Respira profundo el dulce aroma de primavera, y mirando tiernamente a la naranja le dice, “Te guardaré para la merienda”. La desliza suavemente en su bolsillo y continua su veloz carrera.

Lila Luna corre más allá del bosquecillo de arbolitos y arbustos silvestres, rebosantes de arándanos, fresas y moras. Recoge algunos frutos caídos y los guarda con cuidado. Más tarde, los limpiará en las aguas del riachuelo y los compartirá con zorritos, liebres y venaditos.

Lila Luna corre más allá del rosal, de los claveles y de las aves del paraíso. Y el perfume que desprenden se va detrás de ella como un abrigo suave y ligero. En su camino pasa por una colmena de abejitas trabajadoras, chorreada de miel, densa y pegajosa. Se detiene bajo la pesada rama. Se detiene a observar con atención a las amigas abejas, laboriosas. Ellas tienen una misión. “¿Cuál será la mía?”, piensa Lila Luna.

Y pasa la valla de madera que construyo Abuelo, el límite de la finquita, pero no el de su mundo, sus aventuras, sus sueños. Esta ya lejos. Ha perdido de vista la casa, el granero y el establo. Ha perdido de vista a Abuelita en la baranda, mirándola alejarse con una sonrisa. Ha perdido de vista a Papá, trabajando en el tractor y a Mamá saliendo del gallinero con una canasta desbordada de huevitos. No tiene miedo de adentrarse en el campo. No tiene miedo, porque sabe dónde está, sabe a dónde regresará y quienes la están esperando.

Lila Luna se detiene en la colina y cierra los ojos. Desde allí puede escuchar el canto del viento retumbando en sus oídos. Puede escuchar el canto de las avecillas revoloteando sobre su cabeza y el de los árboles en la distancia. Y puede escuchar la canción del manantial, la melodía de las aguas, con su percusión incesante sobre las piedras lisas, y los murmullos de la corriente agitada en los recodos. Pero ni el viento ni el río la invitan a cantar con ellos. ¿Y si lo hacen? ¿Podría comparar su voz pequeña, su voz de niña, con la inmensa voz de la naturaleza?

Lila Luna llega al riachuelo, pero algo ha cambiado. Ya no está llena de alegría. Porque siente que todo a su alrededor es tan grande, y ella, tan chica. Porque siente que no puede igualar las voces que escucha, las voces que llevan cantando desde el despertar del tiempo. Y se siente triste. Ni el dulce jugo de la naranja, ni el aroma a rosas, o el rocío de lavanda y eucalipto pueden quitarle su tristeza.

Saca los pequeños frutos que recogió por el camino y los limpia en silencio. Uno a uno los va compartiendo con los animalitos que se acercan a su silla de piedra junto al río. “Listo, ¡ya lo hemos comido todo!” dijo, luego de dar la última mora a un patito silvestre. La hora de la merienda ha terminado. Ahora Lila Luna va sumergiendo sus pies, dedito a dedito, en el agua fresca y cristalina, hasta que todos juntos nadan libres entre la corriente del pequeño manantial.

Sube su mirada al cielo, y ve como el manto brillante y azul se va estampando de tímidas nubecitas grises. Y siente como la brisa cambia de humor. Arrastrando con ella un olor a tierra húmeda. Viene el aguacero.

Lila Luna corre de regreso a casa. Y la carrera, por un momento, le hace olvidar la tristeza de sus pensamientos. Solo va tratando de esquivar las gotitas frías que caen persistentes sobre sus brazos. Y también va escuchando como la lluvia comienza a cantar su propia canción. Arrullada por su melodía se duerme tan pronto cruza las faldas del porche y encuentra calorcito soñoliento en los brazos de Abuela, quien allí la esperaba.

Sentada sobre la silla junto al portón de la casa, Abuela mece a Lila Luna. Entre bostezos y suspiros Lila Luna despierta. El aguacero ha pasado. Es entonces cuando Lila Luna escucha el susurrar de Abuela, armonizando con las lagrimitas de lluvia que aun caen del techo, de picada en los pocitos de barro. “¿Tú cantas con la lluvia abuelita?”. Abuela sonríe. “Yo canto con la lluvia, y con los pajaritos, con el día que nace, con las estrellas que salen y con la luna también.”

Lila Luna la mira sorprendida. Tanto tiempo escuchando las canciones de la naturaleza, las canciones de la pradera, de los árboles, de las montañas y de los pájaros, y no había escuchado nunca la canción de su abuelita. “Yo quiero cantar también abuelita” dijo Lila Luna, “¿Me enseñas?”

“Cierra tus ojos y pon tu mano en el corazón. Allí están escritas las palabras, allí está el ritmo y la melodía que te conecta con la canción de la tierra” dijo Abuela.

“¿Pero y si mi voz pequeña, mi voz de niña, se pierde entre la música de los grandes montes, la fuerte lluvia y los profundos ríos?” dijo Lila Luna.

“Los grandes montes están hechos de pequeñas rocas. La fuerte lluvia está hecha de pequeñas gotas, y los profundos ríos se forman y nutren de rocío. Canta mi niña. Canta desde el corazón.”

Entonces Lila Luna cerró los ojos y miró dentro, muy dentro. Y encontró amor, alegría y esperanza; la misma melodía que cantaba el campo, las aves, la lluvia y el río. Dejó salir un tímido hilo de voz, mientras abría un ojito sospechoso. Y para su gran sorpresa, ni la brisa, ni las montañas, ni los pajaritos le reprocharon. Todos cantaban con ella.

Lila Luna corre por el campo cantando una canción que nace en su corazón. Cuando llega al riachuelo, canta con sus aguas, cuando siente el viento, canta con sus ráfagas. Y cuando llueve, se convierte en gotita coloreada de esperanza, y canta con la lluvia una canción sin final.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Originalmente publicado en Tertuli.com

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